Categoría: Arquitectura & Urbanismo
, 16 Febrero, 2017
King Kong y la arquitectura simbólica
El Arquitecto Facundo Baudoin nos sumerge en un nuevo análisis de los símbolos de la arquitectura a través de un clásico del cine: King Kong.
Dos características resaltantes de algunas de las películas de ficción en el Hollywood de la primera mitad del siglo pasado son: primero, una atención hacia la industrialización estadounidense, con énfasis en hazañas tecnológicas que posibilitaron la materialización de grandes centros urbanos de monumentales desarrollos arquitectónicos; segundo, la ya entonces madura, visión positivista de la evolución de las especies, que demandaba la necesidad de domesticación del paisaje natural en pro del hombre como centro del mundo.
Sin hacer muy larga la introducción que podría llevarnos a distintos ejemplos del séptimo arte, pasaremos directamente al film que nos compete: King Kong de Merian Caldwell y Ernest B. Shoedsack (la película original, de 1933).

En la trama del film, Ann Darrow, la protagonista, es una actriz con un personaje principal en una película que jamás será filmada. Asimismo, Carl Dehnam será el director que, tras fracasados intentos por conseguir a la actriz indicada, encontrará a Ann en la calle robando frutas. La hermosura de la rubia actriz cautivará no solo al director sino al mítico King Kong y al propio mundo, dentro y fuera del clásico del cine.
La película se desarrolla en dos momentos y escenarios: el primero es la Isla Calavera, lugar donde debió realizarse la filmación y en la que nativos construyen una inmensa empalizada para protegerse y honrar al gigante gorila. Es allí donde la belleza rubia de la protagonista hace sugestivo su sacrificio a la tribu local. Así comienza la trama de esta etapa en la que la bestia se enamora de la protagonista y que finalmente concluirá con el secuestro del inmenso gorila para ser trasportado y expuesto en la ciudad de Nueva York.
La Gran Manzana en plena década de 1930 será el segundo escenario de la película. Nuevamente aquí, dos son los momentos cumbres. Primero la exposición del memorable gigante en una gran sala de teatro; posteriormente, el escape de King Kong, que rapta a la protagonista con la que sube a la cima del edificio Empire State donde finalmente muere acosado por la metralla de aviones que lo rodean.
La relación hombre-naturaleza y el significado del Empire State
Regresando a las ideas fundamentales, King Kong representará la fiera y peligrosa naturaleza que a su vez es temerosa y seducida por la humanidad, representada por la belleza domesticadora y compasiva de la protagonista y por la majestuosidad del desarrollo tecnológico del edificio más alto del mundo, que sobrepasa en su monumentalidad al propio simio. Pese a esta mutua atracción hombre-naturaleza, la representación del carácter indomable de la segunda termina dándose muerte a sí misma con la caída del gorila de la cúspide y a los pies de majestuoso edificio Art Decó.
Pero ¿por qué el Empire State? Comenzada la década de 1930 se concluía la construcción del entonces edificio más alto de Nueva York, con el apellido del magnate y promotor Walter P. Chrysler. Por cortos 11 meses este gigante guardará el record, pues el año siguiente será inaugurado el edificio que durante mayor tiempo (1931/1971) ostentó el título del más elevado del mundo: el Empire State no solo duplicó la hazaña de la altura, sino que fue construido en un escaso tiempo récord de diez meses.

Las construcciones más altas del mundo
Desde entonces decenas de edificios han superado la altura del nombrado rascacielos, sin poder conquistar el tamaño de su fama pues queda a todas luces claro que lo importante no fue el logro de la altura en sí misma, sino la escala del desafío y su trascendencia en el tiempo. De una manera iconográfica similar aparecieron las Torres Gemelas que se posicionaron en su caso no solo por la altura sino por su condición de par, que dio pie a su denominación (ahora franquicia) de World Trade Center.

Las Torres Gemelas antes del desastre
¿Quién recuerda en este momento cuál es el edificio más alto del mundo o los sucesivos esfuerzos de esta competencia por llegar a la cima? Con magnífica lucidez, el arquitecto holandés Rem Koolhaas diseña un rascacielos en forma de anillo para la gran televisora china CCTV que se eleva imponente sobre Beijín, no como el edificio más alto sino como quizás, el más grande voladizo realizado sobre una plaza pública.

El impactante edificio de Rem Koolhaas en Beijin
Entonces ¿qué es lo relevante? ¿La altura o la magnitud simbólica de la proeza y su capacidad para conectar con el denominador común y formar parte de la cultura colectiva? Como la Gran Muralla China, lo mágico y permanente es lo abstracto de poder asimilar la acción del hecho concreto. La muralla es por mucho la más grande y listo; pocos se preguntan o saben realmente cuál es su magnitud, igualmente todos la entienden como la mayor de todas. Siempre volvemos a ella bajo esta idea increíble e irresoluble en su compresión objetual realizada por el hombre.
¿Cómo recreamos nuestro propio King Kong?
Entrando en nuestra propia modernidad y nuestra propia ciudad, cabe reflexionar sobre qué ocurre con Santa Cruz, cómo recrearemos nuestro propio King Kong, nuestra prolífica y exuberante naturaleza y cómo dialogaremos con ella. Cómo a su vez construiremos nuestro perfil de desarrollo. Esta parece una pregunta que dibuja uno de esos cuadros de perspectiva irresoluble de Escher, en los que caminantes en direcciones contrarias parecieran llegar al mismo sitio, o no llegar a un lugar de perspectiva real. Queda decir que este es el mundo, construido de visiones paralelas contradictorias que buscan conjugarse en lugares parcialmente comunes. Y es de estas perspectivas en espacio y tiempo de las que tendremos que encargarnos en esta nuestra propia modernidad.

¿Estaremos en uno de esos espacios paradójicos de Escher?
Qué nos toca parece ser la pregunta clave. Santa Cruz entra dentro de Latinoamérica en un proceso de desarrollo que ya dejó de excluir los edificio en altura, que se expande vorazmente y que entra en la encrucijada de conservar su patrimonio, recursos, cultura y recrear estos mismos aspectos. Nuevamente aquí aparece el ángel de la historia de Benjamín que nos deja la incógnita de cuál es el significado del verdadero progreso. Pensando en altura tenemos la siguiente pregunta: cuáles serán los hechos simbólicos de definan el perfil urbano de la postal de nuestra ciudad. Qué ocurrirá con la planificación, el resguardo del patrimonio y cómo se conjugan ellos con las nuevas propuestas.
Tenemos en la puerta una cantidad considerable de planteamientos que abordan desde la cima la vista de nuestros cada vez más desfigurados anillos: la franquicia del World Trade Center, Manzana 40, las torres de Nacional Vida, el edificio la Riviera, la torres Toborochi, entre otros. Cuestionarnos cuáles de estos desarrollos, los que dejaron de ser nombrados o iniciarán (sin restarles prioridad), serán los que conformen y recuperen nuestro nuevo patrimonio; el local y global.
¿Seremos capaces de ser sostenibles con un discurso en el tiempo? ¿Seremos capaces de abordar los retos de rescate de la cultura y mucho más allá la naturaleza con propuestas que refresquen y reformulen lo que somos? El tiempo lo dirá, pero algo es seguro: persistirán aquellas propuestas que permanezcan en la memoria sin ser abandonadas por el aburrimiento o el tedio, serán aquellas que tengan la suerte de esos gestos indescifrables a los que siempre volvamos.
Entonces busquemos una arquitectura que en su simbolismos trate de retener el tiempo y consumir el espacio. Seamos arquitectos que proyecten futuro y no víctimas de este.

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