Categoría: Arquitectura & Urbanismo
, 15 Noviembre, 2017
Del ornamento al delito en la edificación contemporánea
Por Arq. Facundo Baudoin
Uno de los arquitectos más interesantes e influyentes del siglo XX fue el austríaco Adolf Loos. Este arquitecto es reconocido por sus planteamientos teóricos (compuestos en su totalidad de artículos y conferencias) así como por sus propuestas arquitectónicas. Polémico e irreductible, su artículo más difundido fue “Ornamento y delito” de 1908.
De difícil lectura, este artículo no siempre bien entendido comienza aludiendo al carácter evolutivo del desarrollo del embrión humano, comparado a partir de casi una enumeración caótica con animales, tribus, personajes históricos y hasta descubrimientos científicos. Pero como bien describe Alejandro Crispiani, Loos alude reiteradamente a que la arquitectura debe pertenecer a la “cultura”. Este concepto para el arquitecto debe buscar “aquel equilibrio de la persona interior y exterior, lo único que posibilita un actuar y un pensar razonable”.

La cultura entonces se distingue del arte en el sentido de la innovación artificial o abrupta inapropiada en un momento dado con la cultura reinante. El arte solo es posible en determinados espacios solemnes de la arquitectura. Pero ¿qué es el “ornamento” y que lo distingue del “delito”?
El ornamento es una marca distintiva de lo realizado por el ser humano frente a la naturaleza, ya fuese con el capitel de una columna o moldura en el friso de una pared, una muestra de poder que diferencia lo artificial de lo natural. Por otro lado, el delito sería la degeneración exacerbada de esta capacidad de diferenciación, para ese momento claramente envestido por el arquitecto, el tatuaje sobre la piel, en la que la necesidad del hombre por dar muestras de estas distinciones habría caducado.

El ornamento hoy
Pero cómo sería hoy, qué pensaría el arquitecto de la arquitectura deconstructivista, de las largas uñas de moda con dibujos y colores diversos, incluso qué pensaría de las prótesis, del llamado minimalismo hecho una moda meramente formal que no dista en nada al culto por el reggaetón.

Hoy es difícil distinguir en la vorágine de la globalización y en su inmenso abanico pluri y contra cultural la vigencia de estos conceptos como leyes absolutas. Queda por un lado hacer una revisión al concepto de equilibrio entre “la persona interior y exterior”, concepto que quizás podría vincularnos a la idea de saber habitar para luego poder construir. Loos sin duda alude no al problema de la distinción, sino a la banal necesidad de sobreponer la imagen al cómodo cotidiano de la vida del usuario de las edificaciones.
Especulando sobre estas ideas quizás hoy lo nuevo, lo “moderno”, sea volver a los orígenes de la búsqueda del templo interior, de la forma con contenido, del verdadero “ornamento” que no desdice la labor, del constructor, del cliente, del espacio público, por una moda que lejos de llegar a la pasarela antes se convierte en “Delito”.
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